La música es un arte que discurre en el tiempo. Para el oyente, una vez que la música inicia y hasta que termina, la sensación real del tiempo transcurrido es difícil de percibir. Por ejemplo, la canción de Led Zeppelin “Stairway to Heaven” dura en realidad unos 8 minutos, pero quien la escucha siente que ha viajado sin tiempo por toda esa riqueza sonora que lleva la emoción desde lo más sutil con el inicio de la guitarra punteada hasta lo más cargado de tensión rítmica y vocal protagonizada por Robert Plant. ¿De verdad sentimos que fueron solo 8 minutos? Es un tiempo largo para lo que suele ser una canción de masas. Y, ¿cuánto tiempo dura el Carmina Burana? ¿Cuánto tiempo dura la Cantata Criolla? ¿Y la Novena de Beethoven? No solemos fijarnos en eso porque lo que nos llevamos suele ser las emociones que nos causan, o los mundos adonde nos hacen viajar.
Para quienes hacemos música, el tiempo es importante. Al inicio de muchas partituras suele haber una indicación con alguna figura de valor y una cifra a su lado. Por ejemplo, =60. Para los lectores que aún no lo sepan, esto quiere decir que el pulso de negra debe ser de 60 por minuto, es decir, cada golpe o “tac” del metrónomo indica que ha “pasado” un tiempo de negra. De esta manera el compositor da una idea claramente de la velocidad en la cual ha pensado su obra (*). También hay indicaciones de carácter que ayudan a entender las velocidades de las obras, por ejemplo, los términos “allegro”, “pesante”, “largo”, etc. Y de lo general a lo particular nos vamos entonces acercando a la columna en la cual se soporta el tiempo: el pulso. El pulso es, utilizando una imagen sencilla, el batir constante y regular al que llevamos nuestro pie cuando escuchamos una canción en la radio. Gracias al pulso las figuras rítmicas tienen unidad e interdependencia puesto que todas están relacionadas entre sí, tal como se relacionan las proporciones matemáticas: la unidad, la mitad, la cuarta parte, el doble, en fin. El pulso es la célula que da vida al ritmo y éste da estructura a la música. El ritmo establece relaciones jerárquicas que dan sentido a las ideas sonoras tal como los acentos sonoros de las sílabas dan sentido a las palabras y a su vez éstas lo dan a la oración.
Al estudiar una obra, el ejecutante debe entregarse al dominio del pulso: someterse a él de manera estricta en el proceso de lectura. Esto implica que debe desarrollar la capacidad de sentir a la misma vez la unidad de pulso y las subdivisiones de ese pulso. Algunos ejecutantes se conforman sólo con “llevar el pulso” sin darse cuenta que, al poco tiempo, éste se va haciendo más lento y pesado pues las respiraciones, articulaciones, preparaciones, no están siendo medidas y suceden de manera aleatoria e inexacta afectando la regularidad natural que debe tener. Por eso es esencial que todo ejecutante sea capaz de llevar internamente las subdivisiones del pulso, bien sea la mitad o la cuarta parte, dependiendo de cada caso y de cada momento. Esto no sólo ayudará a mantener un pulso constante sino que también se reflejará, cuando la obra lo exija, en unos “ritardandi” y “accellerandi” orgánicos, naturales y no producto de una emoción exacerbada o sin fundamento. Una vez que la música ha sido estudiada atendiendo al pulso constante y a la estabilidad del ritmo, se conjuga con los demás elementos musicales, la melodía, las tensiones armónicas, el texto, y se va perfilando la forma de la obra, la profundidad de las intenciones, los relieves. Es entonces cuando el pulso empieza a salir de la rigidez estricta para entrar en el mundo de una agógica proporcional, equilibrada, en la cual el pulso estricto puede ya navegar flexible cerca de las fronteras que conoce.
Todo inicia con una cifra indicadora del pulso en la partitura -me gusta cuando al lado de esa cifra está colocada la palabra “circa” o “aprox”- a la cual el intérprete debe acercarse porque ayuda a descubrir el carácter expresivo y el espíritu de la música, pero dependerá también, por ejemplo, de la acústica del lugar. Esta será la velocidad de la música, ella discurrirá en un tiempo en el cual se transformará en vivencia, emoción, mensaje.
Y es que, al fin y al cabo, el tiempo en la música es como el tiempo en la vida. Se puede contar, pero lo importante es lo que sucede desde que inicia hasta que termina.
*Vale la pena mencionar que el metrónomo más parecido al actual, fue creado a principios del siglo XIX, y hoy en día en el teléfono basta con escribir en el buscador la palabra metrónomo para tener el “tic-tac” disponible para cualquier ocasión.
